Las visitas y las ganas

Diciembre voló. Llovió muchísimo pero eso no impidió que mi enamoramiento por Camburi se intensificara. En algún scrolleo automático me apareció una publicidad de una casa en venta en el barrio. Si bien vivía la novedad de no querer irme a ningún lado con un estupor apacible, no se me había cruzado por la cabeza la posibilidad de comprar una casa. Pero al algoritmo sí.
.
El precio de la casa no era prohibitivo. Y eso sí que no lo vi venir. Tampoco el entusiasmo instantáneo que me tomó al convertir reales a dólares y constatar mi sospecha de que “no era imposible”.
.
Unos días después la fuimos a visitar con Tim. Era linda pero necesitaba una buena obra. No me iba a abalanzar sobre la primera casa que me apareciera en un scroll. Pero, sin lugar a dudas, algo se abrió. Me bajé aplicaciones de inmobiliarias y me suscribí a sus mailings. Como tantas otras veces en la vida, no tenía claro si era un disparate o un plan.

Mientras tanto, mi amiga Ania vino de visita desde Argentina. Pasamos año nuevo sin luz en medio de lluvias, barro y el canto incansable de las ranas, que estaban de fiesta. En enero de 2022 llovieron 382 mm en São Sebastião.

Tim se hizo unas escapadas cortas en la moto. Estaba empezando a sentirse inquieto. Yo, por mi parte, parecía plantada bajo esa lluvia inexorable, esperando que me crecieran raíces.

El ya había extendido su estadía en Brasil por 3 meses más. Más allá de su inquietud, la burocracia también nos obligaba a pensar en qué pasaría después.

Ivan Chau y comitiva también pasaron unos días con nosotros. Hubo atardeceres bailados en la playa y rondas de mirar las estrellas con el culo lleno de arena mientras algunos iban a comprar el refuerzo de birras.

Recordar todo esto me devuelve a la fragilidad que configura todos los momentos. Nos veo riendo en portuñol y spanglish, estrenando los horizontes que se convertirían en el telón de fondo de tantos momentos míos y todo me parece muy improbable. Aún así, sucedió.

Y vendrían más improbables. Siempre vienen.