Al fin, llegué

Llegar a mi rincón en el Sertão de Camburi trajo una fuerte sensación de “al fin”. No sólo no tenía que irme a ningún lado en los próximos meses (a excepción de 5 días de Enero en que la dueña haría uso de la casita) sino que además tenía la novedosa sensación de que no iba a querer. Ganas de quedarme, algo que durante años y años de nomadismo no había aparecido nunca con tanta claridad.
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El sertão de Camburi me conquistó muy rápido. Ver tucanes por la ventana, aprovechar las muchas horas de lluvia para cantar-pensar-leer-escribir-editar entre la exuberante vegetación llena de flores, mariposas y ranas, tener la posibilidad de ir a la playa a surfear o a las cascadas del barrio en bici y que al vecindario le resultara simpático nuestro carácter de extranjeros.
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Había un equilibrio mágico entre tener internet de fibra óptica y sentirme escondida del mundo entre hojas de todos los verdes y al final de las calles de barro llenas de pozos. Estar en medio de la selva encantada pero a 2 horas y media del aeropuerto más grande de América del Sur y a 10 minutos de un balneario turístico frecuentado por personas de todo tipo.
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El momento también era propicio. La pandemia había dejado muchos nuevos habitantes en el litoral paulista: gente que de repente podía trabajar remoto. Personas educadas y de mi edad, en pleno cambio de estilo de vida queriendo conocer gente nueva.
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tim y yo al fin descansamos. Los días pasaban rápido mientras saboreábamos los pequeños grandes placeres de un día a día – al fin – sin estrés, sin exceso de misiones adultas.
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Estaba aliviada, estaba feliz, estaba empezando un capítulo muy esperado. Y lo sabía.