Formas de pago

Me animé a salir de viaje en parte porque mi modalidad de trabajo freelancer online estaba funcionando bien hacía casi dos años. Eso me daba seguridad: iba a poder generar dinero independientemente de mi ubicación geográfica, entonces la perspectiva de un viaje largo o indefinido daba menos pánico (financiero al menos).

Período Refractario

Una de las particularidades del trabajo freelance por proyecto es que hay tiempos muertos. Hay semanas, a veces puede llegar a ser más de un mes, en que uno no pasa de la instancia de negociaciones o presupuestos. El dinero no entra. La angustia avanza. En esos momentos una se puede dejar tomar por la fantasía-pesadilla: “no voy a conseguir trabajo nunca más”. Pero incluso aunque no caiga en la desesperación pesimista, ser freelancer significa saber pasar esos períodos siendo austera y ahorrativa, porque nunca se sabe cuánto van a durar exactamente.

Ser hippie: Una habilidad

Antes de todo esto, pasé muchos años practicando una concienzuda frugalidad envuelta en una fiebre ecologista y “hippie”, como diría mi hermano mayor. Más allá de algunas cucarachas de más en la que era mi casa (porque me negaba a fumigar), mi práctica dio sus buenos frutos. Además de haberme vuelto adicta a la bicicleta y experta en composts y otras buenas costumbres, aprendí a ver la abundancia que hay en el planeta y la arbitrariedad de los juegos que jugamos día tras día. Reciclaba verdura y frutas que el verdulero ya no podía vender porque a la gente no le gustaba el estado en que estaban, y hacía mermeladas o bizcochuelos que a su vez convidaba por el barrio y entre amigos. Levantaba cosas de la calle para construir otras, participaba en redes de intercambio libre de información y objetos. Durante esos años practiqué tener poco efectivo y no necesitarlo para mucho. Trabajaba poco y ocupaba mucho de mi tiempo haciendo las cosas de manera alternativa, contracorriente, transitando las grietas de los mercados. Fue maravilloso y me enseñó mucho. Creo que en cierto modo me permitió dialogar y conquistar un miedo muy común: el miedo a no tener dinero (suficiente). La respuesta que había encontrado a ese miedo era necesitar poco, así es mucho más fácil lograr tener suficiente. Pero después de algunos años llegó un nuevo miedo a sustituir al de no tener dinero. Me di cuenta de que temía quedarme afuera de ese otro mundo que es tan común: el del intercambio de dinero. Sentía que si seguía participando tan poco del intercambio de dinero, me caía del mundo. Y no era una sensación agradable. Fue al tomar conciencia de este temor, y gracias a otras casualidades que empecé a armar mi freelanceo digital.

El primero

Entre tantas otras sorpresas que me regaló esta aventura, la de las formas de pago promete ser una que seguirá dando frutos en los viajes venideros. Les dije que salí confiada porque venía obteniendo mis ingresos de puros trabajos online, para clientes de todas partes del mundo. Salir de viaje con este esquema implica salir con equipo y estar siempre – o casi siempre – conectada a internet. Al salir de Buenos Aires no tenía proyectos online pendientes. Llegué a Costa Rica y pasé los primeros 11 días en Dominical, donde conseguí alojamiento muy barato por ser temporada ultra baja. Tenía ganas de irme para el Caribe de Costa Rica, más que nada porque tenía amigxs viajerxs por allá pero sabía que era un poco más caro todavía. Tal como ya conté, salí de Dominical directamente a Puerto Viejo como por arte de magia, o más bien de Serendipia. Llegando a Puerto Viejo me busqué un hostel con mi compañera de viaje circunstancial y corrí algunas cuadras en puro frenesí y algarabía a buscar a mis amigxs viajerxs. Ellxs viajan en casa rodante y estaban estacionados en pleno centro exhibiendo sus artesanías. Nos abrazamos fuerte, la alegría del reencuentro. Pasé toda mi primera tarde en Puerto Viejo poniéndome al día con Oihane, mi amiga artesana a la que unos días después le encargué la coronita bordada que uso en mis videocanciones. Charlando le conté que no tenía en ese momento proyectos online abiertos y que entonces me daban ganas de buscar hacer algún intercambio por alojamiento / alojamiento y comida. Ella estaba en el pueblo hacía casi un mes y pasaba todo el día en la calle conversando con gente así que podía ayudarme a correr la voz. Al día siguiente ya estaba encaminado el primer intercambio de mi viaje: montaría un sitio web en wordpress para un retiro de yoga y ayurveda que coordinan dos italianas radicadas en Puerto Viejo a cambio de un lugar donde vivir, compartiendo con una de ellas.

Precio y Valor

El intercambio que hice con treeguna en Puerto Viejo fue el primero de una lista que sigue creciendo a medida que viajo. Los hubo de todo tipo, fotos, videos, a cambio de alojamiento y comida, sólo alojamiento, a cambio de transporte y excursiones, conviviendo con alguna de las partes interesadas, con otros voluntarios o contando con absoluta privacidad. Descubrí que viajando así estaba muy a gusto. En general, no me encontraba deseando tener más proyectos online para salirme del esquema del intercambio, al contrario. A pesar de que desde un punto de vista analítico, lo que yo obtenía por mis esfuerzos tenía un precio de mercado inferior a lo que puedo obtener cuando consigo clientes que me pagan con dinero. Me estaba “vendiendo barato”, se podría decir. Sin embargo, las experiencias que los contratos de intercambio me han dado son valiosas de otras maneras. En primer lugar, una cosa es estar ensimismada trabajando en mi compu en Buenos Aires, que cuando corto y decido hacer recreo agarro la bici y me voy a encontrar con amigos queridos, me voy a entrenar a mi amado Que Tren o a remar al delta; y otra muy distinta es estar haciendo eso mismo en un pueblo desconocido en donde carezco de vínculos. En el segundo, su paisaje y misterios me llaman constantemente a la exploración y sus lugareños me miran como potencial cliente, turista o alien.

Las maravillas del trueque

El trabajo es lo que se hace para conseguir dinero. La mayor parte de los humanos estamos “condenados” a trabajar. Si uno tiene ganas de ser feliz, intentará odiarlo lo menos posible. Tener la pretensión de amarlo parece ser pedir demasiado. Quizás estoy exagerando un poco (procedimiento justificado cuando se utiliza para evidenciar paradigmas); pero no me digan que todo esto no les resuena en algún rincón del discurso hegemónico sutilmente replicado en los fondos de nuestras cabezas. Ahora, tenemos habilidades, propiedades, un servicio; tenemos algo que ofrecer a cambio de dinero. Fantástico. Obtenemos dinero. Luego marchamos con ese dinero a volver a cambiarlo por otras cosas que queremos: comida, objetos, experiencias, posibilidades. Hay dos instancias de cambio y hay que calcular a priori cuánto cuesta vivir cómo queremos para trabajar acorde. Pero si trabajamos directamente por eso que queremos/necesitamos suceden varias maravillas. Con el paso de los meses y los intercambios caí en la cuenta de las siguientes maravillas del trueque tal como lo estuve practicando:

  • Connector.

    Es Simple

    Es simple, se eliminan pasos y se eliminan intermediarios. A mí eso me alivia mucho y me quita mucha ansiedad.

  • Connector.

    Fuera del radar

    No es ilegal. Por ahora a los seres humanos no nos prohíben compartir o hacernos regalos. De modo que nadie puede prohibirnos intercambiar directamente, sin que medie dinero, en circunstancias en que sí nos prohíben trabajar por dinero (con visa de turista por ejemplo). La idealista revolucionaria que se arrincona entre mis otras yo se alegra de escaparse del status quo y las estructuras de poder sin tener que desafiarlas directamente.

  • Connector.

    Ocioso Valioso

    Escribí al principio sobre los períodos refractarios en que los freelancers que trabajamos por proyecto pasamos sin agarrar nada. Encontrar oportunidades de trueque es una manera maravillosa de hacer valer ese tiempo. En inglés se le dice idle a cualquier cosa que tiene un potencial de uso que está siendo desaprovechado. Una habitación vacía en una casa es un recurso que no se está aprovechando. Las horas que yo podría usar para producir un video, un guión, fotos, una web y que paso preocupándome porque no tengo proyectos también lo son. En el intercambio se les da y aprovecha valor a al menos dos recursos que estaban ociosos… al pedo, bah

  • Connector.

    Agradecimiento

    Las partes del contrato, ambas agradecidas de estar eliminando el dinero de una de las ecuaciones de su vida y sabiendo que es transitorio, hacen su mejor esfuerzo porque la colaboración funcione, en agradecimiento a la confianza inicial depositada por la otra parte.

  • Connector.

    Conocer Personas

    Se conoce de otro modo. Conocer a las personas que viven en los lugares es mi manera favorita de conocer los lugares. Colaborar con ellas es una manera de conocerlas mucho más tibia y enriquecedora que sólo comprarles.

No ser turista

Por defecto, el extranjero en territorio ajeno parece estar predestinado a establecer vínculos de consumo: turismo. No hay red afectiva que nos regale nada (couchsurfing al margen, claro), no hay piedad a la hora de poner precio, no hay apuesta común, el vínculo se autodestruirá rápidamente porque uno está de paso. Viajando sola eso puede ser no sólo aburrido, sino desolador. Pero al hacer intercambio el panorama cambia por completo. En mi caso, además, sé que ofrezco algo que tiene un precio de mercado alto, entonces muchas veces la gente se sorprende. Empiezo confiando, “regalando” valor. Es el precio que pago por ser la alienígena aterrizada en territorio ajeno. En el primer trueque de mi viaje, el de Puerto Viejo, el alojamiento con que pagaron mi trabajo era una habitación en la casa de una de las socias del emprendimiento. Es decir que nuestro intercambio implicó que conviviera con una de ellas y más encima un poco afuera del pueblo, cerca de la única playa de la zona en la que se podía surfear. Durante los veintipico de días que viví con Silvia no sólo hicimos la web de Treeguna. Almorzamos, cenamos, cocinamos, pedaleamos, nos charlamos la vida, nos confiamos secretos, nos metimos al mar, nos caminamos la playa, nos hicimos bromas, nos regalamos lo que sabemos. Ella me invitó a todas sus clases de yoga, yo le enseñé exactamente cómo hacía el sitio para que a mi partida ella fuera la encargada de actualizarlo y no se frustrara en el intento. Establecimos un vínculo, compartimos, nos acompañamos, colaboramos, nos conocimos. No tuve oportunidad en este viaje de volver a pasar por Puerto Viejo, pero Silvia me dejó claro que en cualquier momento que yo anduviera por ahí, su casa era mi casa. Eso no tiene precio, tiene un inmenso valor. Aunque no vuelva nunca, aunque no ahorre un centavo en alojamiento por volver a quedarme con Silvia, mi pecho se entibia por saberme invitada.
Varias de los siguientes trueques del viaje tuvieron ese costado afectivo que surge de la colaboración y convivencia. En otros casos, terminaron resultando en más trabajo remunerado con dinero. Pero siempre resultan en relaciones. En los lugares a donde hice intercambios ya no me sentí alien ni me sentiré en el caso de regresar.