Tragedia ironía

El 15 de Febrero despegué rumbo a Costa Rica. El trabajo que me había salido en el país que había sido mi primer destino soñado de la vida nómade duraría un mes. Consistía en hacer fotos para un festival psicodélico post Envision. No iba a registrar solo los días de puertas abiertas al público sino también la trastienda y toda la preproducción del evento.
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Ese febrero sería también el regreso del Carnaval brasileño después de la pandemia. Yo nunca había vivido un Carnaval en Brasil y tampoco lo haría ese 2023. Hay ironías que se muerden la cola. Ironía más ironía es como una doble negación: algo se anula ahí. En este caso, sirvió como recordatorio de que a menudo uno mismo no sabe lo que es mejor para uno mismo. No tenemos el diario del lunes. Vivimos a ciegas. Creemos que no queremos algo y al final eso que no queríamos nos salva de otra cosa peor. Disculpen, me estoy adelantando.
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No hacía ni cinco días que estaba durmiendo en mi carpa, sobre una de las tarimas de fierro y madera instaladas en una ladera empinada para conformar el campamento de los trabajadores del festival, cuando se pudrió todo.
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Despertaba al alba y compartía todas mis comidas con un equipo numeroso que crecía día a día. La señal de wifi no llegaba hasta nuestro campamento inclinado, de modo que el contacto con el mundo exterior sucedía en la carpa beige que nos servía de cocina, almacén y espacio de convivencia.
La mañana del 19 de febrero, todavía medio dormida y esperando que estuviera listo el desayuno, mi celular succionó mi atención y mi ánimo, hundiéndome en un estado de alerta y angustia inesperado. Es que en casa, en São Sebastião, el fin de semana víspera de Carnaval —es decir, la noche del 18— mientras yo dormía en mi carpa tica, había caído la lluvia más copiosa registrada en la historia de Brasil. Sí: en toda la historia de Brasil.
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En mi celular había stories que metían miedo y noticias incompletas. Había mensajes que @zileudias me había mandado la noche anterior, manejando asustado entre calles que se habían vuelto ríos y decidiendo, en plena bifurcación inundada, ir a dormir a mi casa porque llegar a la de él parecía una misión suicida. Qué suerte que le había dejado una copia de la llave para que fuera a darle de comer a Melzinha, pensaba yo, estupefacta.
Entré en scroll maniático. Me sentía cortada y pegada en esa carpa, entre trabajadores del mundo entero que se saludaban con la cara todavía hinchada, abrazados por un creciente olor a café, mientras un revuelto de treinta y cinco huevos burbujeaba en un wok gigante.
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Se habían perdido autos, casas, se habían desmoronado morros. Viendo las fotos quedaba claro que habría muertos. No sabía exactamente cuáles, quiénes. La región estaba sin señal, sin electricidad; muchas playas, directamente aisladas. Las imágenes de los niveles que había alcanzado el agua eran de terror.
Lo que sabía era que Zileu había logrado llegar a mi casa y también albergar en ella a un amigo que estaba trabajando cerca y no hubiera tenido cómo llegar hasta Boiçucanga. Lo último que podía ver era lo que había captado mi cámara de seguridad en la galería: ellos dos mirando hacia la mata oscura y empapada, con los ojos gigantes de pánico y súplica.
La grabación me daba también el dato del horario exacto en que se había cortado la luz en casa: 23.50. Con eso entré a Windy para ver los milímetros de lluvia hora por hora y entender si la cosa había empeorado aún más después de la medianoche o no. Y así, mientras intentaba saber más, le pedía a una entidad inmaterial en la que no creo que, por favor, el morro de mi casa hubiera aguantado; que Zileu estuviera bien, que Mel estuviera bien, que mis amigos estuvieran bien.
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Tardé varias horas en enterarme de más detalles. No hacía ni una semana que había empezado mi mes de trabajo en Costa Rica y ya estaba claro que lo atravesaría distraída y dividida por ese hecho histórico que había golpeado a São Sebastião, mi flamante hogar.
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La ironía al cuadrado: me estaba perdiendo el carnaval menos alegre que uno pudiera imaginarse, pero era precisamente ese estado de excepción el que exacerbaba mi deseo de estar en el lugar donde había elegido vivir, para ponerle el pecho a la tragedia y acompañar a todos los que esa elección apasionada de poco más de un año atrás había transformado —también— en los míos.
Otra ironía: es a los nuestros que nos debemos.