Durante los 12 días que separan el cumple de Aylin del mío, no paré. Todo era listas y manija.
Comprar una heladera. Errarle al voltaje porque en Brasil hay regiones de 110v y regiones de 220v, ¿a quién se le ocurre?
Cancelar esa compra, comprar otra sin pifiar. Pedir la cocina, la garrafa. Pedir ayuda, claro, para subir todas esas cosas por la escalera.
Ir vaciando el chalet que alquilaba (por suerte lo tenía pago hasta fin de Septiembre, lo cual me daba tiempo). Ir mandándome el dinero para seguir pagando la casa. Instalar internet. Cambiar la titularidad de la electricidad. Limpiar, tirar, bajar, subir, comprar y encontrar la manera de dormir a la noche cuando el entusiasmo y la ansiedad no me dejaban.
Recorría el camino entre el chalé alquilado y mi casa en el morro varias veces al día, a veces sólo para pasar un rato sentada en mi galería, para habitarla, conocerla, entender en qué orden iba a hacer qué.
En esas visitas, que combinaban misiones prácticas con horas de fantasía y brainstorming, descubrí lo hermoso que era ver el atardecer desde mi galería. También vinieron a presentarse los seres del morro. Las cuadrúpedas: una perrita caramelo chiquita y simpática (ya se deben imaginar quién) y una gata blanca y negra regordeta y muy maulladora. Y para coronar, tuve el inmenso placer de conocer a Leo, la dueña original de mi casa, quien la había mandado a construir casi 30 años antes para después vendérsela a quien acababa de vendérmela a mi. Leo tenía otra casa muy parecida más arriba en el morro y la estaba vaciando para venderla precisamente en esas semanas en que yo me estaba preparando para mudarme. Ella se iba después de 25 años, y yo llegaba. Así, tuve la suerte de conversar largo y tendido con la persona responsable de que la casita de mis sueños existiera. Pude pasear con ella por su propiedad y escucharla hablar de todas sus plantas, que me cuente historias de las casas, del morro y hasta que me prepare un dulce casero de cupuaçu (cosechado en su terreno) para mi cumpleaños. Porque sí, también se venía mi cumpleaños.
Ese año la fiesta era mudarme. Así que celebré el cumple de manera muy íntima y casual con unos vinitos y pocas personas. Al día siguiente, el 19 de Septiembre de 2022, @zileudias y yo dormimos por primera vez en el morro. Todavía no había llegado la heladera correcta pero las ganas de empezar a despertar en mi casa eran impostergables. La noche del 19 hicimos el primer fuego en el jardín y nos tiramos en el suelo en uno de mis mats de goma. Me costaba creer que ese pedacito de mundo natural, exuberante y estrellado iba a empezar a arropar mi cotidiano. Me pasaba eso que pasa en los momentos más terribles y más maravillosos de la vida: me parecía un cuento, algo que le estaba pasando a otro. Era tanto que no cabía en mí.













