Una tradición familiar

Llegar a Argentina fue, como siempre, reencontrarme con amigos, con mi bici urbana y con mi ropa de abrigo. Pasé la primera semana en Buenos Aires y el 14 de agosto de 2022, mi hermano, mi papá y yo nos subimos a un micro rumbo a las Leñas. No practicaba snowboard desde el 2020, cuando milagrosamente metimos un viaje a Canadá apenas unos meses antes de que el covid tomara el planeta tierra.

Es especial revisitar las tradiciones familiares, actualizándolas en las particularidades del presente. Me pasé el largo viaje en micro conversando con ese deseo que no me dejaba en paz, repitiéndole las mismas preguntas. ¿Era cierto que había encontrado no sólo un pueblo en el que quería vivir, sino una propiedad hermosa en ese pueblo que me podía comprar? ¿Qué clase de milagro era ese? Llevaba sólo 8 meses en Camburi, ¿era suficiente tiempo para estar segura? Mi cabeza loopeaba en una danza frenética, yendo y viniendo del agradecimiento a la incredulidad. Mientras tanto, las negociaciones avanzaban y todo se iba acomodando.

La temporada de nieve fue fantástica y saqué muchas fotos nuestras en esta nueva edición de la tradición familiar. La tradición que me enseñó desde muy chiquita lo rico que es hacer deporte en la naturaleza. Eso de inundarse los ojos de horizonte, de luces reflejadas en aguas y de bosques espesos que se imprimen en retinas alertas, retinas en movimiento. Pero también eso de que el clima te sorprenda y te asuste, que el cuerpo duela, se paspe, se queje, que los sentidos se confundan y que algunos placeres, siempre efímeros, justifiquen todo ese estoicismo.

El 19 de Agosto, después de un día entero de snowboard y desde el hotel en Las Leñas, mandé un pix y firmé el boleto de compra-venta de la casita del morro. La emoción no me entraba en el cuerpo. Obligué a mi papá a pedir un trago (casi no toma alcohol) para brindar conmigo y nos fuimos los tres a caminar al atardecer para que yo pudiera mover algo de lo que me ebullía debajo de la piel. Volver a Brasil sería mudarme a mi casa.