Apenas volvimos de la escapada por mi cumple, Tim se enfermó. Faltaban menos de 10 días para volar a São Paulo. En seguida, nos confirmaron que un amigo de la familia Sussmann que nos había visitado unos días antes, tenía COVID.
Y así comenzó una cuenta regresiva muy estresante. No teníamos cómo saber si Tim iba a sentirse bien a la hora de viajar pero, más crucial todavía, ¿daba el tiempo para que el test diera negativo? Sin eso, no podríamos viajar. Además, todavía podía contagiarme yo, lo que significaba estar aún más jugados con los días.
La casa en Ubatuba la teníamos alquilada mensualmente por Octubre y Noviembre. Pero ya habíamos canjeado crédito-de-viaje-de-la-era-
A medida que le iba subiendo la fiebre a Tim, nos fue quedando claro que sólo podíamos sentarnos a esperar y ver. En el peor de los casos, perderíamos los vuelos y tendríamos que comprarlos de cero – lo cual era una noticia muy mala y bastante cara.
La peor hipótesis de todas no se confirmó. No me enfermé. Lo que sí estaba complicado era conseguir test con resultado a tiempo. Como EEUU estaba en un nuevo pico de COVID, los centros de testeo estaban abarrotados y nadie garantizaba el tiempo de entrega. Las aerolíneas, por su parte, sólo aceptaban resultados de 48 hs de antigüedad máximo. Estábamos frente a una lotería médico-burocrática. A todo esto, se sumaba la incertidumbre de si el test de Tim daría negativo.
Tuvimos que hacer un tour de tests. Frente a tanta incertidumbre, nuestra estrategia fue multiplicar las posibilidades. En los 3 días que precedieron el vuelo a Brasil, nos metieron como 4 hisopos en la nariz a cada uno.
El 24/09/2021, aún sin saber si conseguiríamos volar, partimos rumbo a lo de Amelia en Cambridge – porque nuestro vuelo salía de Boston. Hasta ese momento, todos los test de Tim que teníamos (3), eran positivos. Estábamos aferrados a la esperanza de que el último que se había hecho -apenas la noche anterior- no sólo llegara a tiempo, sino que además fuera negativo.
Las buenas historias siempre tienen heroínas y vueltas de tuerca de último momento. Cortando bulones y contando los minutos en el sofá de la sala de Amelia 10 horas antes del despegue de nuestro vuelo, llamamos desesperados a la clínica donde Tim se había hecho el último test. Esta fue una de esas veces en que un empleado con buena voluntad al otro lado del teléfono lo cambia absolutamente todo. Supimos que el resultado estaba listo. Pero no lo podían decir por teléfono, ni lo iban a mandar por mail en ese horario. Alguien tenía que ir a buscarlo en persona. Preguntamos si podía ir la mamá del paciente. Podía. Y así, atravesando la puerta de la clínica 15 minutos antes de que ésta cerrara, y sólo 10 horas antes de nuestro vuelo, Sue retiró un papel impreso que nos salvó el viaje porque sí, damas y caballeros, Tim había, ¿por gracia divina?, testeado negativo.
Y así mantuvimos nuestros planes, por un pelo.
