Mientras la pandemia recrudecía y amenazaba mis planes en la nieve con mi familia, Tim y yo estábamos fascinados el uno con el otro. Los primeros días de Septiembre de 2021 fueron de decisiones importantes.
Ir a Argentina tenía 2 desventajas: interrumpía un momento de mucha cercanía con Tim y me exponía a, una vez más, quedarme atrapada allá… lo cual me asustaba mucho (a pesar de ya tener mi residencia brasilera).
Por todo eso, y después de charlarlo con todos los involucrados, decidimos que yo no viajaría a Argentina ese año. Tim, por su parte, me dijo que quería acompañarme a Brasil y a mi me encantó la idea. Además de que estábamos en pleno idilio y uno nunca quiere que eso acabe, estaba muy cansada de todo mi derrotero de producción y, al mismo tiempo que no quería necesariamente volver a la parte de Brasil que ya conocía, tampoco me sentía con la energía suficiente para insertarme en algún lugar completamente nuevo y desconocido. Pero con la complicidad y compañía de Tim, me animaba un poco más a la segunda opción que se me hacía al mismo tiempo más seductora y más cansadora.
Cambiamos vuelos, pasamos horas al teléfono para aprovechar créditos con aerolíneas (apoyados en las políticas de excepción pandémicas) y definimos que viajaríamos a comienzo de Octubre de 2021, después del cumple de la mamá de Tim y justo antes del de el. Yo quería llegar y tener algún sosiego, así que encontré una casa en alquiler en Itamambuca, Ubatuba, por dos meses, y la reservamos a distancia.
En medio de todos esos cambios de planes, se venía mi cumpleaños número 37. Para festejarlo, Tim me regaló un fin de semana de descanso en el bosque cerca del Parque Adirondack. Era la mejor época del año para visitarlo, y esa escapada fue indispensable para una víspera de viaje que nos sorprendería con mucho estrés e incertidumbre que ya les contaré… Pero primero las fotos de la región de las Adirondack y los increíbles colores que el otoño pinta por allá.





