Cuando hube terminado la entrevista, volví a San Francisco y devolví el auto. En modo peatona, me quedé dos noches en otro couchsurfing. Esta vez era en un co-living que surgió de las ruinas de un hotel en pleno centro del San Francisco. Sus habitantes eran personajes de más o menos mi edad que tenían cada uno un cuarto y compartían una gran cocina, un patio y una terraza con mucha onda. Entre ellos, encontré a un productor de festivales que había ido al festival de eclipse de Patagonia que yo estaba documentando. Sólo que se quedó del lado chileno por restricciones covid. Ya que estaba, lo entrevisté también.
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En mi último día Louie (mi anfitrión de couchsurfing de Forest Knolls) vino hasta el centro para que fuéramos a andar en bici (hasta trajo una bici para que yo pudiera usarla!) y me llevó a todos los puntos de rigor. Fue el mejor paseo, porque el mejor paseo siempre es en bici.
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Dentro del co-living compartí desayunos y cenas con los habitantes, todos súper abiertos y simpáticos. Muchos ya estaban vacunados, lo que explicaba un poco esa calidez tan insólita en medio de la locura de la pandemia. Elliot, un chef recién llegado a la ciudad en busca de nuevas oportunidades que nos agasajó a todos con una cena de lujo la primera noche, me llevó incluso hasta la terminal de Greyhound para tomar mi bus.
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En ese trayecto – que hicimos un poco apurados porque nos habíamos colgado charlando y casi perdido el horario – miraba el atardecer por la ventanilla mientras él aceleraba y los dos nos reíamos de quién sabe qué tema de conversación que fluía torrencialmente y fue interrumpido sólo por un itinerario de producción que tenía que continuar.
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La próxima parada sería Los Angeles.






