Volví de El Salvador y en seguida estábamos todos inmersos en la fiebre mundialera. Era la primera vez en la vida que vivíamos un mundial en esa época del año, una excepción consecuencia de la pandemia. Para hacerlo aún más inédito para mí, coincidió con la primera visita de mi papá a mi nuevo hogar. Al mismo tiempo, estrenábamos mi casa (amarilla y verde ella) y un sentimiento de doble camiseta. Contra todo cliché y la historia de la rivalidad entre vecinos, no nos daban ganas de que perdiera Brasil. Es que uno quiere ver a sus amigos y vecinos contentos, no tristes.
Después de que Brasil ya había sido eliminado, las amigas que había hecho en el viaje de surf a El Salvador vinieron a hinchar por Argentina en uno de los partidos que vimos en Maresias… y eran las únicas brasileñas dentro del establecimiento.
Por esas fechas también, estábamos preparando la muestra de fin de año del @balletmmad. Las fotos son de una sesión de grabación de locuciones que hicimos en casa. Como se ve, mi oficina no tenía muebles todavía. Por suerte las bailarinas son una raza que no tiene problemas con sentarse en el suelo.
Con papá pedaleamos (gracias a que logramos montar la casita para las bicis en la “vereda” unos días antes de que él llegara), cocinamos, salimos a comer, nos mordimos las uñas en los penales, festejamos muchos goles y le hicimos mimos a las cuadrúpedas que resolvieron vivir conmigo. El verano estaba llegando, mi tercer verano vivido en Brasil, y el primero en que no tendría que mudarme locamente por culpa de la gentrificación de temporada. “… tenho minha casa para morar…”

















