Febrero acababa de empezar y ya estaban llegando más visitas. Como todos los veranos, mi papá estaba en el Sur de Brasil visitando a Maru, mi hermanastra y a su hija, Aylin y se les ocurrió venirse en auto a verme unos días. Vero, hermana de Maru, también estaba con ellos ese Febrero y terminaron viniendo en el flamante auto pandémico de mi papá a visitarme por 5 días. Les tocó un clima increíble y unos atardeceres inolvidables.
.
Yo aproveché el viaje para que mi papá me trajera algunas cosas que había dejado atrás al irme de Ibiraquera. La más importante: mi primera tabla de surf, la amarillita que me había shapeado Alf en praia do Rosa en plena pandemia.
.
Por esos días también mi queridísima Amelia me comunicó que se iba a casar así de manera frugal e improvisada en pleno aislamiento pandémico y que quería que yo fuera su testigo. ¿Cómo decir que no a semejante pedido? En seguida estaba comprándome ropa, botas y un vuelo a Seattle. La cereza del postre era que después de un par de semana con ellos en Seattle, Amelia vendría a Brasil conmigo, a conocer el rincón del mundo que me estaba conquistando.
.
Y así como quien no quiere la cosa, estaba por estrenar una ansiada sensación. El casamiento de Amelia sería la primera vez en muchísimo tiempo en la que me iría sin todo encima. Un viaje de ida y vuelta. Un viaje al final del cual mi casa me estaría esperando.









