Kinetokens: mis recuerdos de kinetoscopio

El disparo en ráfaga me ayuda a crear modestos recuerdos de mis viajes.

Pasku y yo estábamos viajando por Cuba cuando se me ocurrió hacer un registro visual distinto de este viaje: los kinetokens. Habíamos volado a La Habana entrando maletas de productos (sí, de contrabando), cosa que nos dejaba a cada uno sólo con una mochila pequeña (30-40lts) para nuestras cosas. Yo aproveché la restricción de equipaje para reconsiderar su contenido. Por lo general viajo con todo mi equipo de trabajo, especialmente mi computadora y cámaras; porque las necesito para generar dinero. También paso la mayor parte de tiempo en lugares con conexión a internet y cuando no hay, sólo consigo estar allí por pocos días. Pero en este caso en que la conectividad sería muy limitada y que además era nuestro primer paseo fuera de México juntos; decidí que no trabajaría en absoluto. Me di cuenta de que estas serían verdaderas vacaciones para mi, que vivo viajando mientras también trabajo. Estaría sin Wi fi, lejos de los correos y preguntas de clientes y potenciales clientes. Con todo esto en mente, de todas maneras pensaba llevar mi teléfono y mi cámara pocket. Pero, ¿de qué sirve un teléfono sin red? Iba a usarlo para hacer fotos cuando me diera pereza cargar con la camarita. Esto es algo que hago habitualmente. Gracias a las novedades que me proponía este viaje, decidí no llevar mi teléfono para nada, y de esta manera forzarme a usar mi cámara pocket (ni siquiera es tan grande) para cada imagen que quisiera capturar durante nuestra estadía.

Restricción y sus ventajas

En retrospectiva, no llevar mi teléfono y forzarme a usar la Lx-100 para todo fue la mejor decisión que pude haber tomado. Cuba es un destino soñado para fotógrafos y por buenas que sean las cámaras de los smartphones, no hay nada como exponer a la antigua, girar aros de enfoque y apertura o mirar por un visor. Todos los momentos que capturé hubieran sido mucho menos expresivos con el celu. Pero la gratificante sensación de fotografía a la antigua no era todo. Cuba me despertó muchas reflexiones que en el momento eran huidizas y difíciles de verbalizar. Con el tiempo encontraría algunas palabras, pero mientras estaba ahí, decidí apostarme detrás de mi cámara con la mirada más honesta y el corazón más abierto posibles – como uno debería recordar hacer siempre y como lo hacía a los 13 cuando agarré una reflex que daba vueltas por mi casa y empecé a sacar fotos. Me recordé mirar con esa actitud esperando obtener imágenes que luego me recordaran de lo que sentía y pensaba (sentir y pensar para mí son parte de un único proceso, se retroalimentan y convocan mutuamente). Para mí, las fotos logran esto como nada más puede. La posición del fotógrafo es muy fuerte: una foto tiene poca información, implica un recorte más grande de la realidad que los videos. Al espectador le queda más trabajo por hacer. Mirar y ver son cosas bien diferentes. El tiempo se deforma: el instante efímero capturado se puede mirar largamente. Cuando viajo y creo contenido para mí, para mi recuerdo y disfrute, normalmente hago fotos. Fueron mi primer amor visual y, en mi opinión, naturalmente el primer paso hacia la realización audiovisual. Los únicos videos que había estado haciendo por gusto desde que me hice nómade eran mis videocanciones. Ellas son una manera bien singular de retratar mis experiencias en varios lugares grabando casi siempre al aire libre y en la naturaleza. Me gustan porque son piezas poéticas que muestran y sugieren cómo se sienten los lugares desde mi perspectiva y me ayudan a hilvanar mis itinerarios aleatorios y caprichosos a través de la canción. Ellos solos toman mucho del tiempo que me queda libre de tanto viaje, trabajo online, exploración y escritura. De modo que no estaba haciendo videos ni de recuerdo ni para mostrarle destinos al mundo como lo hacen tantos otros nómades digitales y bloggers. Por primera vez, me pregunté por qué.

¿Foto o Video?

En Cuba, sin computadora ni emails, estaba descansando de todo mi trabajo audiovisual. Mientras caminaba con mi pocket, que es capaz de hacer tanto fotos como videos, me encontraba preguntándome qué botón apretar. A esta duda le siguieron pensamientos y preguntas. ¿Por qué nunca hago videos de destinos como todo el mundo? Llegué a varias conclusiones. En primer lugar, ese subgénero parece estar saturado y no tenía un estilo único que me motivara a sumarme a la proliferación de vloggers viajeros. No puedo pretender ser la más exhaustiva o tener la mayor calidad. El mundo está lleno de gente talentosa con mejor equipo que yo, más presupuesto, equipos, etc. Mi contenido de viaje lo hago por el puro placer de la creación y comunicación (esperando a inspirar a otros a hacer lo mismo). Lo hago para extender el amor a la humanidad, la naturaleza y la diversidad que hay en el mundo. Si iba a hacer videos de destinos, tenía que encontrarle una vuelta de tuerca, un modo que sintiera propio. No quería ser otra más de los miles de viajeros que crean listas de mejores actividades o graban las vistas más despampanantes de los accidentes geográficos (hay tantos haciéndolo tan bien!) Pero, si tan sólo pudiera registrar mi experiencia de un lugar sin tanta presión… Eso sí que me gustaría – pensé. Crear videos sobre destinos que no pretendieran mostrar todos los puntos turísticos, ni siquiera todos los paisajes. Algo que dijera simplemente: “hey, así lo ví yo”. Podía ser difícil expresar esa humildad y admiración manteniendo al espectador interesado. Sin embargo, pensé, eso es algo que creo lograr a menudo con las fotos.

Nostalgia Técnica

Se trataba principalmente de expresar admiración y humildad. De crear un tributo al lugar y lo que me ofrecía: toda la perspectiva, los pensamientos, la alegría, las preguntas. En Cuba, todo está plagado de carácter. La gente lo arregla todo, porque no es tan sencillo tirar y comprar de nuevo. Es un lugar en que las preguntas sobre lo que las personas quieren y lo que necesitan fueron respondidas de manera colectiva. Los campos son arados por bueyes en carro. El café se muele mecánicamente, los caballos siguen siendo un medio de transporte habitual y los autos de 60 años funcionan. Las manos son callosas porque en Cuba los oficios no son obsoletos. Ellas lo hacen todo en todas partes, en lugar de sólo tocar pantallas. Los niños juegan con globos, piedras y entre ellos. Las abuelas se sientan en mecedoras. Hay algo muy romántico en la isla que decidió hacer las cosas de otra manera. El ritmo al que viven, la sensación de comunidad siempre presente. Todo esto me tenía muy sensible. Cuba me había inspirado estos pensamientos y el disparo en ráfaga acudió a mi ayuda. No recuerdo exactamente por qué, un día en Trinidad puse la cámara en modo disparo de ráfaga. Después, cuando Pasku y yo mirábamos las fotos en la pantallita, yo las pasaba rápidamente usando la rueda para quedarnos mirando la favorita. Haciendo esto, me di cuenta de que el movimiento vintage que buscar rápidamente entre las fotos de la ráfaga creaba, me hacía sentir algo cálido. Tras notarlo, tomé la decisión de continuar disparando en ráfaga e intentar hacer un video que mostrara a la artesanía y nostalgia de Cuba con la humildad y admiración con que yo las descubría. Así fue que nació el primer Kinetoken. La música que usé para el cubano la grabé de unos músicos callejeros. Unos meses después de Cuba fui a Nicaragua por segunda vez en mi vida e hice el segundo Kinetoken, en que jugué con otros aspectos de la post producción y elegí una relación de aspecto cuadrada para la era móvil. Ahora mismo estoy sacando fotos en México para crear mi Kinetoken mexicano, aunque todavía parece faltar un rato para que empiece a editarlo. Lo agregaré aquí apenas lo tenga.

Por qué Kinetokens

Los Kinetoscopios fueron de los primeros artefactos de reproducción de películas en que se podían ver películas muy cortitas a través de un visor, como por ejemplo “El estornudo de Fred Ott”, que fue también la primera película en ser protegida por copyright en EEUU. Estas breves películas son una especie de punto medio entre las fotos y los videos. En lugar de congelar un instante para observarlo, registran pequeñas acciones para verlas una y otra vez. Por alguna razón, mis recuerdos se parecen más a este tipo de movimiento que a largos planos super fluidos en cámara lenta y 4k, que me encanta usar para otros fines. Decidí entonces llamar a mis videos Kinetokens, una contracción de kinetoscopio (kine significa movimiento) y token que en inglés significa souvenir, recuerdo, representación visual o material de un hecho, calidad o sentimiento.